Puma Iguazú
En el campo, las historias se inventan para que la vida se mueva.
Darle acción a la rutina, es inventar los enemigos.
La sequía, el zorro, el puma.
Que mató cuatro corderos hace tres días.
Que cruzó el arroyo y se fue para el campo de los García.
Que se encuevó entre las piedras y los perros no pudieron sacarlo.
Que lo maté de una puñalada.
Que por enseñarles a cazar a los cachorros dejó veinte ovejas muertas y estuve cortandole el rastro dos días sin hallarlo...
Así se hacen las reputaciones: con cuentos, con miedo, con memoria.
Yo nunca había visto uno. Creía que el puma era sólo eso: un fantasma rural, una excusa para el desvelo del hombre.
Hasta que un día, en una reserva de Iguazú lo encontré.
Estaba detrás de una reja, rescatada de una casa donde había sido mascota.
La puma miraba una mosca.
Yo la miraba a ella.
Las dos quietas, incapaces de dañar nada.
Pensé en todos esos otros pumas de los que hablaban cuando era chico.
Pensé en esa línea fina entre el mito y lo que estaba viendo.
Las historias son formas de contar el destino, igual que sobrevivir.
Depredador o presa, según el día.
A veces mosca, a veces jaula.
A veces... libertad.















