Lopez
¿Quién dijo que todo está perdido?,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
La mañana comienza temprano y camino hacia la nieve, los colores van desapareciendo y emerge la vida de invierno en blanco y negro donde todo se aquieta en el frío, los arroyos dejan de correr, los árboles pierden las hojas y las plantas que no se deciden a hacerlo se tapan, se esconden y quedan entumecidas a la espera de la primavera bajo un pesado manto de agua helada.
Recorro el bosque inmerso en nubes decididas a quedarse como si de la angustia se tratara, y al ver de cerca fijo mi mirada en los árboles y los noto a la espera de que esto termine. Me detengo en silencio y los entiendo cuando ellos me dicen “esto también pasará”, “esto también tiene que pasar”. Siento al bosque en un letargo triste porque aunque quisiera no puedo evitarlo, no pueden moverse. Siento al invierno como un duelo, en el dolor inevitable que atraviesa la vida para poder ser vivida. Sigo caminando abriendo huella en la niebla, un poco más conforme rumbo a la cima del cerro…
Cuando el sol toma el punto más alto logra abrirse paso entre las nubes y encuentro frente a mi un refugio, y sonrío, sonrío y hasta me río porque aparece algo nuevo en el blanco paisaje, algo que más atrás los árboles no supieron contarme. Es como si hubiera podido adelantarme al momento de duelo que atravesaba el bosque, y el refugio parece un corazón que late en la montaña con el calor de una estufa con troncos ardientes, un mate, una guarida con un abrazo para que el alma descanse.
Haga el duelo, habite el invierno, pero siempre vaya a dormir a un refugio.







